domingo, 23 de febrero de 2014

La bandera centenaria














LA RECUPERACIÓN de los Juegos Olímpicos no solo era un viejo sueño de Pierre de Coubertin, sino su ideario vital, al que dedicó todo su trabajo, ilusiones y recursos económicos. Era un proyecto argumentado desde su particular pensamiento pedagógico y su visión de unir a los pueblos a través del deporte.

Intentando convencer a todos, viajó por todo el mundo hablando de paz, comprensión entre los hombres, y mezclándolo todo con la palabra deporte comienza a establecer los principios de la creación de los Juegos, porque Pierre soñaba con unir en una extraordinaria competición a los deportistas de todo el mundo bajo el signo de la unión y la hermandad y sólo por el deseo de conseguir la gloria; competir por competir.

La idea de Coubertin parecía insensata y chocó con mucha incomprensión, no en vano fue a la segunda intentona cuando consiguió, en 1894, la fundación del Comité Olímpico Internacional en la universidad francesa de La Sorbona, y dos años después se celebraron los primeros Juegos.

Recuperado el movimiento olímpico, Coubertin comenzó a dotarle de valores y de sentido. Nada estaba dejado al azar. De su amigo dominico Henri Didon cogió el que sería el lema olímpico: ‘citius, altius, fortius’. En los cuartos Juegos, los de Londres 1908, por primera vez desfilaron todos los deportistas, y cinco años más tarde dotó al CIO, como le gustaba decir, de su símbolo: los anillos, que no aros, olímpicos. Fue en agosto 1913 y los presentó a través de la publicación ‘La Revue Olympique’.

Su siguiente paso fue convertir los anillos en un símbolo, y en el Congreso Olímpico -no confundir con las sesiones del COI que se celebran cada dos años- de 1914 -el sexto de la historia, solamente se han desarrollado trece- presentó la bandera olímpica con motivo de la conmemoración del vigésimo aniversario del COI. La idea de Coubertin era simbolizar la unión entre las naciones de los diferentes continentes. El resultado son los cinco anillos entrelazados de diferentes colores -azul, amarillo, negro, verde y rojo- sobre el fondo blanco.

Muchos creen que cada uno de los colores corresponde a un continente; sin embargo, es una apreciación errónea -aunque sí es cierto que los aros representan a los cinco continentes- porque en su extensa biografía el pedagogo francés recalca que esos colores combinados con el blanco del fondo representan a todas las banderas de las naciones existentes en el mundo en 1913. “Estos cinco anillos representan las cinco partes del mundo que se han unido al olimpismo y que han aceptado competir sanamente. Además, los seis colores combinados representan a todas las naciones sin excepción. El azul y el amarillo de Suecia; el azul y el blanco de Argentina, Grecia y Guatemala; los tricolores de Alemania, Bélgica, Chile, Colombia, Estados Unidos, Francia, Hungría, Italia...; el amarillo y el rojo de España yacen junto a las nuevas banderas de Australia, Brasil y Venezuela, y a las del antiguo Japón y la joven China”, dejó escrito Pierre de Coubertin, que hizo hincapié en que “este es, realmente, un emblema internacional”.

La bandera se izó por primera vez en Alejandría, aunque, debido a que los Juegos de 1916 -estaban concedidos a Berlín- fueron suspendidos por la Primera Guerra Mundial, no hizo su debut olímpico hasta los de Amberes de 1920 que significaron un punto de inflexión.

En la revista ‘Olympic Magazine’, de noviembre de 1992 el historiador estadounidense Robert Barney comentaba que la idea de los anillos provino de la figura de dos anillos entrelazados -como el clásico emblema significando una pareja en matrimonio- de la Unión Francesa de Sociedades de Deportes Atléticos, organismo fundado por la unión de dos asociaciones deportivas francesas y de las ideas del psicoanalista Carl Gustav Jung, que comentaba que el círculo representa continuidad y al ser humano.


Durante su siglo de vida han existido tres banderas oficiales, las cuales poseen, además, un borde de  flecos o barbitas. La primera -fabricada en la tienda parisina de Bon Marché- fue usada para los Juegos de verano entre Amberes 1920 y Seúl 1988. La segunda es utilizada para los de invierno, desde los de Oslo 1952 hasta la actualidad. La tercera es usada para los de verano, desde los de Seúl 1988 hasta la actualidad.

martes, 18 de febrero de 2014

La coqueta pista que escupía en las curvas

Sabadell será escenario de una de las ediciones más especiales del Campeonato de España de pista cubierta, la de sus bodas de oro, pero en nuestro país la historia de una de las disciplinas que más gloria le ha dado al deporte nacional comenzó el 27 de noviembre de 1959 en las instalaciones de la Escuela Naval Militar de Marín con la celebración de la primera competición oficial, que estuvo reservada exclusivamente para alumnos del centro como anticipo a un periodo (hasta mediados de los años sesenta del siglo pasado) en el que se sucedieron numerosas competiciones abiertas a atletas de todos los clubes, a la vez que entraba en funcionamiento el Palacio de Deportes de Madrid (25 de febrero de 1960), que acabó convirtiéndose en el epicentro de una modalidad de la que, desde ese entonces, se han celebrado en España algunas de las mejores competiciones del mundo.


LOS COMIENZOS del atletismo de pista cubierta en España están unidos a dos nombres, el de la Escuela Naval y el de un exprofesor de esa institución, Rafael Berenguer (a mediados de los años sesenta del siglo pasado llegó a ser vicepresidente de la Federación Española), que fue el primero en lograr organizar una competición completa ‘a cubierto’. Hasta aquel otoño solamente había referencias de que en España se llevaron a cabo exhibiciones deportivas que incluían alguna modalidad atlética (longitud y altura, especialmente) en el teatro Circo del Ensanche de Bilbao en la primera década del siglo XIX y hasta que el edificio fue pasto de las llamas.

La organización de competiciones en pista cubierta era una vieja pretensión de los amantes del atletismo y especialmente de los deportistas, no en vano los más punteros, como el gran fondista Tomás Barri, tenían que irse al extranjero a competir. La construcción del Palacio de los Deportes de Madrid estaba llamada a cubrir esa demanda, pero antes de que abriera sus puertas, el atletismo indoor nació en la Escuela Naval de Marín, aunque el primer Campeonato de España no se disputó hasta 1965, un año antes del estreno de los Juegos Europeos en Dortmund (Alemania), a donde el país acudió con seis atletas. Desde entonces esta modalidad invernal ha experimentado un crecimiento constante y no ha dejado de deparar grandes logros y satisfacciones al deporte español.

Debido al clima de Galicia, Berenguer (por aquel entonces responsable del departamento de Educación de la ENM) buscó soluciones para que sus entrenamientos y su programa competitivo no se vieran condicionados en un centro que ya contaba con una pista exterior. De esa necesidad nació la idea de habilitar una instalación atlética en el gimnasio aprovechando sus dimensiones. Después de muchas conversaciones, planos y trabajo, la primera prueba oficial vio la luz el 27 de noviembre de 1959, reservada exclusivamente para alumnos del centro militar que compitieron en una pista de ‘petralit’ (madera en trozos con cemento), por lo que los atletas no podían utilizar zapatillas de clavos, viéndose obligados a usar calzado de tenis o de superficie rugosa en la planta.

Una de las principales dificultades para el desarrollo de las competiciones fueron los condicionantes de la instalación, «porque aquello no era una pista, sino un gimnasio para voleibol, baloncesto, balonmano... que adaptamos para el atletismo», reconoció más de 40 años después el impulsor de la iniciativa, por eso solo se podían montar una serie de pruebas, aunque el programa de las reuniones era amplio. Para salto de longitud se colocaban unas tarimas elevadas y las carreras eran presenciadas desde un balcón para no alterar el recorrido de las carreras.

La revista de aquel entonces ‘Atletismo Español’ reflejaba que la instalación tenía algunos defectos, ya que el trazado del anillo estaba condicionado por la existencia de unas columnas que obligaban a los participantes a frenar en seco al final de las rectas, aunque la propia publicación, en su número del mes de diciembre de 1959, también hablaba de futuras reformas que «dejarían una coqueta pista de 130 metros» y que harían que se pudieran obtener marcas aceptables. Además, existía una recta interior de 58 metros en la que se disputaron las pruebas de 50 yardas (40 metros) y 55 vallas (44 metros). También se podía saltar altura sobre colchonetas y practicar lanzamiento de peso. Una de las curiosidades fue que para amortiguar la caída del peso se forraba el ‘artefacto’ con cuero, por lo que la bola pesaba 7,450 kilos (actualmente está en 7,260 kg).

En la primera reunión atlética en pista cubierta que se llevó a cabo en España participaron exclusivamente guardiamarinas y contó con la presencia de cerca de unas 800 personas, entre ellos los mandos de la Escuela Naval Militar.

El héroe de aquella reunión fue Díaz Granda, que ganó tres pruebas: Se impuso en las 50 yardas con un tiempo de 5.7, en peso, ya que alejó el artefacto hasta los 11.02, que realmente eran más por el excesivo peso de la bola, y su recital prosiguió con su victoria en una prueba de salto de altura que afrontó bastante cansado, según relatan las crónicas de aquel entonces, que aseguraban que si no fuera así habría franqueado el listón en 1.75.

Dos de las pruebas más espectaculares de esta jornada inaugural fueron los 1.500 metros, con triunfo de Fernández García después de pasearse, literalmente, a partir de los mil metros (su marca podría haber sido perfectamente 15 o 18 segundos menor con algo de presión por sus rivales), y la otra gran cita fueron las 55 yardas con vallas, en las que Tomás García empató con Mosquera con un registro de ocho segundos.

Uno de los grandes méritos de la Escuela Naval fue que aquella reunión dio paso a más competiciones. La primera jornada no fue una anécdota, sino el germen del atletismo español de pista cubierta. El mando de la Escuela –según se explica en el libro ‘Historia del atletismo español en pista cubierta’- tomó en consideración las opiniones de sus técnicos y procedió a hacer las debidas rectificaciones en el trazado para poder mejorar el desarrollo de las competiciones.

Las pruebas se sucedieron y la pista fue mejorada, tal como refleja el periódico ‘El Pueblo Gallego’ de principios de 1960. Se amplió el perímetro de la ‘cuerda’ hasta 125 metros, lo que permitía disputar con cierta comodidad las carreras de mediofondo e incluso se instaló un foso elevado de salto con pértiga y un pasillo y foso de arena y serrín para salto de longitud y triple. De esos cambios se felicitaba ‘Atletismo Español’ porque «es una instalación completa para la práctica invernal de nuestro bello y espectacular deporte, que en cerrado resulta más espectacular todavía», sentenciaba.

Las mejoras permitieron dar una vuelta «a atletas de poco peso», según los calificaba ‘El Pueblo Gallego’, «a una velocidad de 16 segundos, lo que permitía hacer en unos 14 minutos los 1.500 metros», animaba ‘Atletismo español’, y marcas sobre los dos minutos en los 800 metros (el récord de España actual es de 1’43”). Las publicaciones, sin embargo, se lamentaban de que la pista no era practicable para distancias menores como los 400, «ya que entonces la curva ‘escupe’».

El idilio entre la Escuela y la pista cubierta se prolongó durante casi una década. En las siguientes reuniones la  participación ya fue abierta porque se invitó a los distintos clubes de atletismo de la provincia de Pontevedra. 

Esa amplia participación hizo que uno de los trofeos que adquirió más popularidad fuese el conocido como el de Reyes, que en 1960 se llevó a cabo por primera vez ante numeroso público, como relataba la prensa de la época, que destacaba que «hubo una enorme expectación. La gente siguió muy interesada la reunión», dijeron los cronistas.

Otra de las competiciones que tuvo más eco fue una disputada el 23 de enero de 1962, de la que hay constancia gracias a una crónica publicada en ‘El Pueblo Gallego’, que destacó el duelo entre un guardiamarina llamado Ramón Touza Prieto (en la actualidad, presidente de la Sociedad Gimnástica) y Gesteira, que representaba al club San Miguel de Marín. En los mil metros mantuvieron un espectacular duelo que se resolvió en los últimos diez a favor del segundo de los mencionados con un tiempo de 2.56.3, mientras que el ahora dirigente ‘gimnástico’ paró el reloj en 2.58. 
Otra de las estrellas de las competiciones era el vigués Carlos Pérez, que en 1960 había estrenado su condición de olímpico en los Juegos de Roma y por aquel entonces era un personaje muy conocido. Sus participaciones se saldaban casi siempre con victorias, aunque la pista no reunía las condiciones más idóneas para él. El propio Berenguer, promotor del proyecto, guardaba un buen recuerdo de «un buen saltador de altura que se llamaba Miramontes».
El matrimonio entre la pista cubierta y la Escuela es un pequeño ejemplo de la larga y fructífera relación que esa institución mantiene con el atletismo. No en vano, además de ser una gran cantera de atletas, sus instalaciones han dado cobijo a clubes, especialmente a la Gimnástica y al San Miguel.

lunes, 3 de febrero de 2014

Cuando Aragonés se enfadó

De cuando el Pontevedra hizo girar los focos de la atención hacia un pequeño rincón de la geografía española hay momentos inolvidables, pero dentro de la memoria colectiva del granatismo hay un partido que destaca por encima de los demás, el disputado el 28 de noviembre de 1965 en el que el conjunto que entrenaba Juanito Ochoa se puso líder de Primera División al derrotar a un Atlético de Madrid en el que uno de sus referentes comenzaba a ser Luis Aragonés, fallecido el pasado sábado.


El ‘Zapatones’ cumplía su segunda temporada en el conjunto colchonero después de peregrinar por diferentes clubes españoles en busca de la formación para llegar a ser una estrella, como era su sueño. Uno de sus primeros destinos fue el Plus Ultra, en el que coincidió con el que acabaría siendo una de las grandes leyendas del Pontevedra, Eduardo Calleja, que reconoce que «era una persona especial, bastante reservada y con mucho carácter, aunque cuando estaba a gusto te lo pasabas muy bien con él». Compartió equipo durante poco tiempo porque Aragonés fue cedido al Oviedo. «En sus comienzos jugaba como delantero, aunque triunfó después como interior».
Aragonés y Calleja volvieron a coincidir en los terrenos de juego, pero ya como rivales. El primer choque fue con Calleja vistiendo la camiseta del Pontevedra y el exseleccionador la del Betis, El partido correspondía a la temporada 63-64 y fue el primero de los diez enfrentamientos que tuvo contra el conjunto granate, no en vano a lo largo de su trayectoria como futbolista solo se perdió dos encuentros contra el conjunto de Pasarón, el de la primera vuelta de la liga 66-67 y y el de la segunda de la 67-68.
En las filas del Betis coincidió con otro de los futuros mitos granates, Ignacio Martín-Esperanza, que guarda un recuerdo excepcional del que fue su compañero y que tanto en privado como en público ponía al granate como ejemplo de superación.
«Nos llevábamos bien», reconocía ayer Ignacio Martín-Esperanza, que compartió el vestuario del Villamarín con Aragonés. «Él salió de allí para crecer como la espuma hasta ser uno de los grandes del fútbol español y yo fui lo que fui». El destino quiso que, tras fichar por el Pontevedra, se enfrentara con el que fue su compañero, del que destaca que «fuera de los terrenos de juego le gustaba mucho leer y le daba mucho valor a la amistad. Tuvimos una buena relación, aunque después, al llevar carreras diferentes, nos distanciamos».
Ambos siguieron caminos distintos que se cruzaron cuando el Pontevedra jugó en Primera. De las diez veces que se midió al conjunto granate, ocho lo hizo con la camiseta del Atlético, con el que marcó cuatro goles en tres temporadas diferentes, aunque probablemente el más importante fue el primero porque se produjo en el encuentro de la segunda vuelta de la liga 65-66.
Los de Juanito Ochoa asombraban con una trayectoria espectacular, mientras que los colchoneros soñaban con el título. En el primer duelo de esa temporada los que hicieron historia fueron los de Pasarón, porque el triunfo del 28 de noviembre les sirvió para situarse como líder en solitario. La vuelta era totalmente distinta. Aragonés -que ya tenía como compañero a Armando Ufarte- y los suyos necesitaban ganar porque estaban a dos puntos del Madrid a falta de cinco jornadas. El triunfo fue para los locales, pero aquel choque, jugado en el Metropolitano, no fue tan fácil como puede hacer ver el resultado (4-0). El encargado de abrir el marcador fue Luis Aragonés, que de esa manera inauguró su cuenta particular con el Pontevedra, a un minuto del descanso, pero el 3-0 no llegó hasta la recta final de un choque que fue un punto de inflexión para los colchoneros, que hicieron pleno de victorias para ganarle la liga al Madrid por un punto.
La calidad de Aragonés la padeció directamente Eduardo Calleja porque, «como yo jugaba de interior, me encargaba de defender al interior en punta, que era donde se ubicaba él». El que no olvida los duelos de Aragonés con el Pontevedra es Javier Irureta, que el sábado, al poco de conocerse la muerte del que había sido su compañero y entrenador, reconocía que nunca podrá olvidar una bronca que le echó en los vestuarios de Pasarón después de que el Atlético cediera un empate.

martes, 10 de diciembre de 2013

La leyenda del agua a la que el tiempo hizo olvidar

El pontevedrés Manuel Estévez Rodríguez se convirtió en 1940 en el primer nadador gallego de la historia que subía al podio de un Campeonato de España, una hazaña de incalculable valor que no fue produzto de la casualidad, ya que en el primer lustro de los años cuarenta del siglo pasado fue considerado como uno de los mejores bracista españoles, acumulando medallas y récords en los diferentes campeonatos nacionales a pesar de la falta de medios -en nuestra comunidad no había piscinas- y de recursos. El momento en el que vivió hizo pasar al olvido a un deportista que, a punto de cumplir los 93 años tiene, por derecho, un lugar en los anales.

Un día a un grupo de chiquillos que jugaban en As Corbaceiras les dijeron que se tiraran al agua, que fueran hasta la otra orilla y regresaran; cuando el último volvió a tocar tierra firme, al primero le dijeron que había sido seleccionado para tomar parte en competiciones locales y regionales para posteriormente poder acudir al Campeonato de España.

La escena se remonta al verano de 1939, cuando tan solo habían transcurrido unas cuantas semanas del final de la Guerra Civil y el chaval que había llegado primero pensaba que “me estaban tomando el pelo”, confiesa cuando han transcurrido más de 74 años de aquella situación, y a punto de cumplir los 93 años (lo hará el próximo 8 de enero), Manuel Estévez mantiene fresca en su abundante memoria muchos de los recuerdos de una juventud en la que el niño que nadaba más rápido que nadie en el Lérez se transformó en uno de los mejores nadadores de la historia de Galicia.

Manuel Estévez nació, por expreso deseo materno, en Ponteareas, de donde era originaria su familia porque “mi madre fue a dar a luz allí, pero llevaban tiempo viviendo en Pontevedra y a los pocos días volvieron para allí”, confiesa alguien que lleva residiendo desde hace 60 años en A Coruña –“desde que me casé”-, pero que reconoce que, “por encima de cualquier sitio, me siento de Pontevedra”.

En los años 20 y 30 del siglo pasado el río Lérez era uno de los epicentros de la actividad social, deportiva y lúdica de la ciudad, que miraba mucho hacia él. Al mismo tiempo era el gran escenario de la actividad deportiva, especialmente la zona de As Corvaceiras, donde los partidos de waterpolo, las travesías o las carreras de velocidad eran constantes. También era el lugar donde los jóvenes, y los que no lo eran tanto, se divertían en su tiempo libre, entre ellos; un chaval al que los deportes no se le daban mal, pero que nunca se había planteado tomarse en serio el deporte, pero la visita de aquellos entrenadores le cambió la vida.

Estévez se enroló en el Marítimo -club que a raíz de su fusión con el Náutico en 1958 se transformó en el actual Naval de Pontevedra-, con el que comenzó a tomar parte en las primeras competiciones, que tenían un carácter local, provincial o universitario hasta que en 1940 logró participar en el Campeonato de España, que la Federación Española concedió al Náutico de Vigo.

El evento no solo fue un reto para el pontevedrés, sino también para la organización, ya que en 1940 Galicia no contaba con ninguna piscina –la primera se inauguró al año siguiente en A Coruña, en el antiguo solar de la cárcel, donde ahora está el Hotel Hesperia Finisterre-, por lo que en la dársena del puerto se ‘aparceló’ una parte del mar y se instalaron las diferentes calles. El campeonato se incluía en los actos de homenaje a la Marina Española, pero por la falta de instalaciones adecuadas no se pudieron celebrar los concursos de saltos. Se dieron cita miles de personas que trataban de olvidar las heridas de la reciente Guerra Civil, así como los mejores nadadores españoles que resistieron al conflicto bélico.

La natación gallega apenas tenía bagaje. La federación regional se había constituido a principios de los años 30. Las pocas referencias históricas eran el marinero ferrolano, Abelardo López Montovio, que estuvo a punto de ir a los Juegos Olímpicos de Amberes de 1924, en los que el pontevedrés Luis Otero fue plata con la ‘furia española’ de fútbol, pero por las presiones recibidas el COE optó por no convocarlo. Así como en el primer lustro de los años 30, los coruñeses Casteleiro, Miranda, Bremón, o Campanioni, o los vigueses Joan Docet y Josep M. Puig (dos catalanes que mostraron a sus compañeros las excelencias del estilo crol, desconocido para ellos), Rivas, Concejo, o Castiñeiras.

Las expectativas de la representación gallega eran mínimas. Toda la atención estaba centrada en otros deportistas, pero de repente surgió la figura imponente de un joven pontevedrés de 19 años que se colgó la medalla de plata -se daban copas- en los 200 metros braza (en aquella época se llamaba braza de pecho), solo superado por el que en los siguientes años sería uno de sus eternos rivales, Garamendi, mientras que la tercera plaza fue para Sabaté. Los tres dominaron durante lo años 40, a nivel nacional, las diferentes pruebas de esta especialidad.

La mayoría no salía de su asombro, como reflejan las crónicas de la época, porque Manuel Estévez solamente era conocido a nivel local y un poco en Galicia. “Si ese campeonato no hubiera sido en Vigo, con toda seguridad no hubiera podido participar, pero al ser tan cerca se habían hecho pruebas de selección y tenía más posibilidades”, reconoce bajo la atenta mirada de su esposa y de sus hijos. Las anécdotas e historias se van sucediendo de manera espontánea en la conversación. Se mezclan los recuerdos y entre ellos hay un espacio especial para aquella competición porque, “aunque la piscina no la homologaron, aquella tarima flotante era todo un invento. Tuvieron mucho mérito”.

La medalla de plata, la primera en la historia de la natación gallega, hizo que el nombre de Manuel Estévez comenzase a aparecer en los periódicos de la época de una ciudad en la que ya era conocido y cuyos vecinos conocían sus hazañas deportivas gracias a los trofeos que iban apareciendo en el escaparate de un comercio de la calle de La Oliva llamado ‘El Globo’. “Después de una competición el dueño de la tienda me dijo que si quería podía poner allí el trofeo, y a partir de ese momento siempre que conseguía alguno se lo llevaba. Siempre me decía: tú tráeme más”. El guante siempre era recogido por un chico que, además de la natación, también practicaba atletismo -ganaba siempre en 200, 400, 4x400 y altura- y jugaba en la liga de fútbol de modestos como portero del Noácido y El León y en la de federados con el Crispa y al balonmano a once en la recién fundada Sociedad Deportiva Teucro, de la que fue uno de sus primeros integrantes.

La consecución de más trofeos no era sencilla no solamente por las evidentes dificultades deportivas, sino por la falta de pruebas y la lejanía, no solo kilométrica, de Galicia con respecto a los sitios que eran los centros neurálgicos de la natación española, especialmente Canarias, Madrid y Cataluña.

Animado por su estado físico, por el recuerdo de lo sucedido en Vigo y por su pasión por el deporte, decidió ir al Campeonato de España que al año siguiente, 1941, se celebró en Palma. Fue el único gallego que acudió y el viaje fue toda una proeza. “Primero fui en el tren de mercancías a Madrid, después cogí otro a Valencia desde donde, en barco, llegué a Palma después de una travesía de varios días” porque “el transporte no era como el de ahora”.

Galicia, a pesar de presentar solo a Manuel Estévez, logró un espectacular quinto puesto por regiones, únicamente superada por potencias como Cataluña, Castilla, Baleares y Canarias, y por delante de otras como Valencia, Asturias y Andalucía. “El día del desfile inaugural iban llamado uno a uno a los equipos. Cada selección llevaba 12 o 14 nadadores, además de entrenadores y directivos, y de repente dicen Galicia con un único deportista: ¡Estévez! Y el público, sorprendido, comenzó a aplaudir”.

Aquel Campeonato de España fue el preámbulo de su mejor año deportivo, el de 1942, en el que el pontevedrés se consolidó como uno de los mejores bracistas de nuestro país. Todas las competiciones se convirtieron en verdaderas exhibiciones. En la cita nacional fue tercero en 200 y 400 metros, aunque su gran recital llegó en la primera edición del Campeonato Nacional de Educación y Descanso, en el que alcanzó el primer puesto en las dos distancias y batió el récord nacional de los 400 braza y fue, de los 257 participantes, el que obtuvo la mejor puntuación.

Llegó a poseer -mejorándolos en varias ocasiones- los récords gallegos de 100 (1'26”), 200 (3'8”) y 400 (6'56”), así como el de 3x100 estilos, además de la marca nacional de Educación y Descanso en los 400. La suspensión, por culpa de la Segunda Guerra Mundial, de los Juegos de 1940, que se iban a celebrar en Helsinki, y los de cuatro años después, que estaban asignados a Londres, impidieron que el pontevedrés estrenase una condición olímpica, que se había ganado en el agua. Su marca personal en el doble hectómetro significaría ser finalista en los Juegos anteriores (Berlín 36) y posteriores (Londres 48) al conflicto bélico.

Se mantuvo en activo hasta finales de los años 40, aunque nunca perdió contacto con la natación. A mediados de esa década comenzó a desaparecer de los primeros puestos a nivel nacional, pero seguía siendo imbatible en Galicia.

El paso del tiempo fue olvidando la figura del primer grande de la natación gallega. Un deportista ejemplar al que solamente la época que le tocó vivir le impidió conseguir las cotas que posteriormente tuvieron otros con menos méritos. Ahora que mira la vida de reojo Manuel Estévez Rodríguez conserva en su veterana memoria los recuerdos de una época en la que, de por sí, ser deportista era una heroicidad, por lo que describir una trayectoria como la suya alcanza categoría de leyenda.

Estrecho

Aseguran que todos los deportistas tienen un sueño por cumplir. El de Manuel Estévez Rodríguez es el de cruzar a nado el Estrecho de Gibraltar. Una vez, en los años 40, leyendo un periódico, descubrió que una inglesa, Mercedes Gleitze había logrado tal hazaña en 1928. Aquel desafío le entusiasmó, comenzó a surgir en su cabeza la posibilidad de seguir las brazadas de la británica, y más teniendo en cuenta que él era un especialista en travesías, no en vano en su palmarés existen numerosos éxitos en este tipo de competiciones.

“Comencé a entrenar y a buscar más información sobre cruzar el estrecho”, explica con añoranza porque “era un reto que me apasionaba”, pero finalmente hizo caso a aquellos que le aconsejaban que “no lo hiciera porque eran 14 kilómetros con el mar a bajas temperaturas”.

Nadie confiaba en el pontevedrés porque “me decían que no tenía la musculatura suficiente para soportar esas bajas temperaturas”. A los primeros comentarios negativos no les hizo caso, pero a la postre sucumbió a esas voces críticas. 70 años después reconoce que en cierto modo se arrepiente porque “hubiera sido bonito poder conseguirlo”. Además, de haber cruzado el Estrecho con éxito, se habría convertido en la segunda persona en lograrlo, en el primer hombre y también en el primer español, porque hasta que el 2 de septiembre de 1948 Eduardo Villanueva llegó a la orilla africana ningún español lo había intentado.

A lo largo de su carrera deportiva destacó en algunas de las travesías más importantes que se celebraban en Galicia. Ganó en dos ocasiones la de Navidad de Vigo que se celebraba en el puerto a la altura de Guixar; de ella todavía recuerda “el frío espantoso que pasamos porque era finales del mes de diciembre”. En 1943 logró el tercer puesto en la Travesía al Puerto de A Coruña.

Para este tipo de pruebas tenía la ventaja de que durante muchos años el único lugar donde nadó fue el río Lérez. “Entonces no había piscinas”. Las competiciones y los entrenamientos se hacían a partir del mes de mayo hasta septiembre, y allí coincidía con Roberto Ozores, Muruais, Malecho, La Rocha...

El rescate del cerdo

A principios de los años 30 del siglo pasado el río Lérez tenía una frenética actividad. Era uno de los lugares de recreo preferido por los pontevedreses y donde los amantes a los deportes acuáticos tenían la oportunidad de practicarlos. Nombres como los de José Rodríguez Ruibal ‘Pepe Malecho’, Armando Casteleiro, Clemente Echevarría o el propio Muruais estarán siempre unidos a este cauce fluvial.

Entre los numerosos pontevedreses que disfrutaban del río estaba Manuel Estévez, que vivía en la rúa Real a la altura de la fuente de los Tornos. Un chaval que generaba admiración entre sus coetáneos por su capacidad natatoria. En las épocas estivales estaba siempre cerca del río y eso le hizo vivir situaciones de todo tipo, algunas de ellas realmente singulares.

Cuando era un chaval vio cómo un señor que se dirigía hacia el puente de A Barca, por la orilla del actual Mercado, comenzaba a gritar y bracear. Cuando se acercó a él escuchó que los lamentos se debían a que la cría de cerdo que llevaba atada a una cuerda se estaba ahogando en el río sin que nadie hiciera nada. Todos daban por perdido al porcino cuando el joven Manuel Estévez se arrojó al agua vestido con ropa de calle, nadando se acercó y lo primero que hizo fue cogerle de una oreja para que no le mordiera. Haciendo gala de sus cualidades, lo fue acercando hasta tierra firme ante la atenta mirada de la multitud que se había congregado.

Los lamentos se transformaron en gritos de alegría según Manuel se iba acercando a la orilla, mientras hacía que el cerdo no hundiera el hocico en el agua para que no se ahogase. La aventura tuvo un final feliz. El buen señor recuperó el cerdo y el joven nadador recibió numerosas felicitaciones, “aunque no me regaló ni un jamón”, comenta entre risas. Estévez, que todavía no era el gran campeón que posteriormente fue, comenzó a crearse una reputación.

El rescate del que se siente más orgulloso se produjo cuando estaba viviendo en A Coruña. Fue en la piscina de La Solana en una tarde de verano en la que se cayó al agua una niña pequeña que no sabía nadar. Nadie se dio cuenta del incidente hasta que de repente escucharon un grito, una vez más Manuel Estévez se lanzó al agua y sacó a la niña que llevaba un tiempo en el agua, por lo que había perdido el conocimiento. Los ejercicios de primeros auxilios que le practicó fueron cruciales para que recuperase su actividad.

En aquella época las carreras en el agua eran a diario. Cualquier excusa era perfecta. También se adentró en el waterpolo –denominado polo acuático-, que era un deporte que generaba una inusitada atención en Pontevedra tanto por practicantes como por espectadores, no en vano cada partido que se celebraba en la dársena de As Corbaceiras, en las inmediaciones de la actual sede de la Autoridad Portuaria, era una auténtica fiesta.

Aquel grupo de amantes de la natación también se divertía protagonizando saltos, que habitualmente tenían su base en el viejo puente del tren, pero los más valientes en más de una ocasión se atrevían a tirarse desde el de A Barca (más de 14 metros). Entre ellos estaba Manuel. “Era toda una aventura. Tirarse desde el puente del tren era lo habitual, pero cuando subíamos al de A Barca la gente se concentraba en las orillas muy pendiente de lo que sucedía”, comenta antes de añadir que “éramos jóvenes e inconscientes”.




lunes, 13 de mayo de 2013

El Olimpo de los héroes

La épica concentrada en poco menos de dos kilómetros porque en el planeta hay lugares y lugares. Algunos, unos pocos, diseñados por los dioses en busca de la  heroicidad y construidos por el diablo porque solo en el ciclismo el infierno está al lado del cielo, no hay purgatorio.

Los dioses celtas escogieron su morada con vistas al Atlántico y bañada por el agua de una cascada. Allí vieron el transcurrir de los años hasta que un día otros dioses, los del ciclismo, transformaron aquel sitio, en la Meca de la épica, la heroicidad y la hazaña, convertida en carne y hueso.

Regado con las gotas que derramaba el romper del agua mezcladas con las del sudor y dulcificadas por lo rayos de sol, el camino del Olimpo fue escenario de la batalla de las batallas jamás contada, aquella basa en la autenticidad de los pedales, en el esfuerzo del ser humano con el único de objetivo de superarse a si mismo, sin más pensamiento que doblegar la ‘rampa del infierno’ –una cuesta de cemento de poco más de cien metros solo está reservada para los valientes-.

Resguardada por la brillantez de una cascada y por los recovecos de la carretera, el universo ciclista descubrió el 30 de agosto del pasado año un nuevo muro dispuesto a disfrutar de su particular historia mitológica, cuyo primer capítulo escribieron los héroes de La Vuelta 2012.

Ézaro fue el lugar escogido por Joaquim Rodríguez para cimentar sus sueños de ganar la ronda española, por Contador para no doblar su rodilla ante la adversidad en su regreso a la rutina y de Valverde para demostrar que los ciclistas son diferentes, que su alma está  hecha para buscar la alegría a través del sufrimiento.

‘Purito’ llegó primero. Lo hizo demostrando que los muros están hechos para él. Levantó los brazos hacia el cielo convertido en gloria, pero el que ganó fue el ciclismo porque adhirió para su particular causa, la de la épica, un lugar en el que habitan los dioses: Ézaro. En La Vuelta nada es igual desde ese día.

Fdo. David Acevedo López, periodista y descubridor de Ézaro para La Vuelta

sábado, 13 de abril de 2013

Gooooooooooooooooool de Ceresuela, 50 años de una hazaña

 Pasaban los minutos de la tarde del domingo 14 de abril de 1963 y el corazón de los pontevedreses se encogían cada vez porque el sueño del ascenso cada vez estaba más lejos. Se mascaba la tragedia después de que los granates lograsen una épica victoria, con remontada incluida, una semana antes el viejo estadio de la carretera de Sarriá de Barcelona ante el Espanyol. Un punto, un solo punto, era lo que separaba a las huestes de Rafa Yunta Navarro de la gloria, enfrente un Celta que no se jugaba nada, aunque posteriormente se supo que todos sus jugadores tenían una prima de 30.000 de las pesetas de antes por parte del club periquito si lograban doblegar a los granates.

El dominio céltico fue total. Se adelantó en el marcador y el choque transcurría por los cauces de la desgracia. Tanto luchar para terminar así, debieron pensar muchos de los que abarrotaban el campo del barrio de O Burgo. La tarea parecía hasta que el destino tenía reservado el momento más brillante. Quedaban siete minutos para que se cumpliera el 45 de la segunda parte cuando el navarro Recalde, uno de los fichajes de esa temporada, sacó un córner desde el banderín que une la grada de Norte con la de Preferencia, despejó de puños Cantero, el portero del conjunto olívico, el rechace en la frontal del área llegó a Ferreiro que pasó a Rafa Ceresuela, otra de las incorporaciones de esa campaña, y de repente:

¡Goooooooooooooool de Ceresuela!

Un gol y un sueño hecho realidad. Empate a uno y los granates acariciaban el punto que necesitaban para ascender de manera directa, el segundo promocionaba. El estadio fue un clamor. A continuación del tanto de Ceresuela llegaron los abrazos, la explosión de júbilo, no solamente de los que estaban en el campo sino de los que escuchaban el partido por la radio, de los que estaban cerca del campo y escucharon el griterío del pueblo. También hubo abrazos y posteriormente tensión porque quedaban siete minutos o mejor dicho: siete eterno minutos.  Después de tanto sufrimiento nada iba a impedir para que el Pontevedra lograra la mayor hazaña de su historia.

Tres  años después del ascenso de La Puentecilla llegó otra mejoría de categoría, pero ahora era a Primera División, el paraíso, el reino de los grandes que tenía un nuevo invitado.

Al día siguiente se supo que aquel gol de Ceresuela había tenido su intrahistoria porque antes de marcar el delantero zaragozano tuviera que salir del terreno de juego para atarse la bota y sin darse cuenta –se enteró al día siguiente cuando se lo contó un miembro de la Policía Armada-  se sentó encima de un ajo, el policía tuvo la corazonada de que iba a marcar y estuvo en lo cierto.

Ese gol marcado por Ceresuela, un día como el de hoy, y empujado por el aliento de toda una ciudad hizo que la temporada 1962-63 pasara a la historia como la del primer ascenso del Pontevedra a Primera División del fútbol español. Después de una campaña marcada por la regularidad y el absoluto dominio sobre los rivales que se acercaban a Pasarón a tratar de cosechar algún punto que atenuase su andanza por la castigadora Segunda División, el Pontevedra se alzaba con el liderato final del grupo septentrional de la categoría de plata del balompié ibérico y se hacía acreedor de una plaza en la máxima división española.

Lo curioso del éxito granate, que lo hace más extraordinario si cabe, eran las expectativas que se habían creado por aquel entonces en la capital, a principios de la temporada: se aguardaba un año en el que el objetivo debía ser mantener la tranquilidad y la estabilidad en una categoría que parecía el tope de las aspiraciones del equipo.

Nada más lejos de la realidad, un puñado de valientes se revelaron contra el orden establecido por aquel entonces e hicieron honor a la camiseta que vestían luchando hasta la extenuación por la victoria en cada partido hasta desmentir las previsiones que condenaban a la sabia granate a sedentarizarse en aquella Segunda División. Con tan sólo cinco derrotas, únicamente una, contra el Constancia de la población mallorquina de Inca, en casa, y con victorias trabajadas y costosas en su mayoría, sobre rivales de entidad, el Pontevedra se alzaba con el título y llegaba a Primera.

Los responsables principales, los jugadores, repetían en gran porcentaje, el grupo de la campaña anterior. Cuatro incorporaciones, llamadas a reforzar la estructura y a dar continuidad al trabajo de la temporada previa hacían concebir esperanzas de un año de sosiego. Recalde, llegado del Club Atlético Osasuna, Ceresuela del Real Zaragoza, Tucho del Real Club Celta de Vigo y Carlos del Club Deportivo Choco de Redondela eran los nombres con que se conocería a los recién llegados. Sin duda, los dos primeros se convertirían en responsables directísimos de la proeza lograda en aquella campaña.

No menos importante se podía considerar a ‘Rafa’, Rafael Yunta Navarro, un entrenador con carácter ganador, capaz de ascender a otros equipos con anterioridad y que llegaba desde Burgos, tras ascender a los castellanos a la categoría de Plata. Bajo la presidencia de Miguel Domínguez Rodríguez, aquel equipo, aquel club asombró al panorama futbolístico español y logró cotas impensables para los analistas que contemplaban el milagro desde el exterior.

Con tan sólo 2.710 socios y 2.2 millones de pesetas para una larga temporada, concebir el ascenso en versión granate parecía una utopía mayor de la que los realistas aficionados de la ribera del Lérez se habían creado. El éxito deportivo lastró económicamente al club, que se vio obligado a gastar 300.000 pesetas en primas para la plantilla por lograr el impensable objetivo. En total, 900.000 pesetas de déficit eran las que el club tenía que obtener de debajo de las piedras para salir del paso y poder verificar en los despachos lo que había demostrado en los rectángulos de hierba. La ciudad respondió nuevamente de un modo excepcional. Realizada la campaña del millón, los ciudadanos de Pontevedra, en una época en la que la capital no podía presumir de bonanza económica, ‘inventaron’ 1.010.400 pesetas, más que suficientes para salvar los intereses deportivos del club, en menos de un mes de plazo. Promotores de la campaña, merecen ser recordados los periodistas de Radio Pontevedra, dos acérrimos seguidores del club como Balbino de las Fuentes Mora y Ricardo Barajas.

La ciudad había vuelto a responder y a aumentar la leyenda de un equipo humilde que se colocaba entre los grandes y que no tardaría en ser conocido en todos las esquinas de la geografía española. El mismo espíritu guerrero que manifestaba la ciudad, la lucha sin final hasta permitir que el equipo pudiese disfrutar del sueño por el que había trabajado hasta la extenuación, empapó a los jugadores, al cuerpo técnico y a la directiva del cuadro granate. No tardaría en manifestarse en los campos de fútbol más importantes de España, algunos de ellos, de los equipos más grandes de Europa. De nuevo superados los problemas económicos, salvados los números rojos que llevaban años tratando de intimar con el granate sin obtener el éxito de corromperlo, el Pontevedra afianzaba el espíritu de un equipo guerrero, con jugadores guerreros respaldado por un pueblo guerrero que daría mucha guerra a todos los equipos que pisaron su campo de fútbol. Ni uno sólo de los medios de comunicación con tirada nacional dejaron de lado los éxitos de los granates.

Las portadas y los noticiarios se inundaron de informaciones del Pontevedra: aquel simpático equipo de una pequeña ciudad, con unos humildes y no excesivos habitantes, que habían alcanzado contra todo pronóstico, incluido el de ellos mismos, la máxima categoría del fútbol español.

La leyenda del hueso imposible de roer, que enloqueció a una ciudad y marcó una época en España, empezaba a escribirse aquel año.

domingo, 7 de abril de 2013

50 años no son nada

El 7 de abril de 1963 no fue un día cualquiera. Cantaba Carlos Gardel que 20 años no son nada, pues han pasado 50 y en Pontevedra se recuerda todavía lo que un grupo de futbolistas, vestidos de granate, hicieron en Barcelona donde, tras ganar al Espanyol, con remontada incluida, se acercaron a la utopía del ascenso a Primera División.

24 horas después, un día como el de hoy, pero de hace medio siglo, la ciudad se echó a la calle para recibir a sus héroes. Desde que el árbitro pitó el final las calles se abarrotaron de unos aficionados, y también de los que no lo eran, que  festejaban la hazaña del equipo de Rafa Yunta Navarro, porque  lo que parecía meses atrás una utopía que posteriormente se transformó en un sueño colectivo, se convirtió en una extraordinaria realidad: el Pontevedra solamente necesitaba un punto para entrar en el reino de los grandes del fútbol español. Una ciudad de poco más de 40.000 habitantes estaba muy cerca de competir de tú a tú con el Madrid de Di Stéfano o el Barcelona de Kocsis.

“Desde cien kilómetros antes de Pontevedra ya había gente en la carretera”, recordaba el jueves pasado Rafael Ceresuela, uno de los protagonistas de la hazaña al conseguir en la última jornada liguera el gol que significaba el empate ante el Celta, que a la postre materializaría el ascenso.

La fiesta fue total. La ciudad vivía con intensidad las noticias que llegaban desde Barcelona gracias a la retransmisión de Radio Pontevedra, se le encogió el corazón con el gol de Castaño al poco de empezar (minuto 7), se ilusionó con la igualada de Vallejo, de cabeza, antes del descanso y acabó entusiasmándose cuando, al poco de reanudarse el encuentro, el navarro Recalde establecía el que acabaría siendo el definitivo 1-2 tras una portentosa actuación del portero granate Gato, cuyas paradas sirvieron para que el semanario  ‘Vida Deportiva’ titulase ‘Más que un gato, un felino’.

Con el pitido final de Rigo, Pontevedra explotó de alegría. Aquel día de abril entró en los anales de la historia. Parecía que no pasaban las horas para poder recibir a los integrantes del equipo granate, que se recorrieron en autobús los mil kilómetros que había entre la ciudad condal y la capital de las Rías Baixas, a donde llegaron entrada la noche, pero eso no fue impedimento para que miles de persona se dieran cita alrededor del Santuario de La Peregrina. Los jugadores, entrenador, miembros del cuerpo técnico, directivos… fueron aclamados. El ascenso, matemáticamente, no estaba logrado, pero sí lo más complicado que era llegar a la última jornada dependiendo de sí mismo tras ganar, en su campo, al segundo clasificado.

Aquel 8 de abril dio paso a seis días en los que el único tema de las conversaciones era el siguiente encuentro contra un Celta que no se jugaba nada y ante el que el Pontevedra disponía de una oportunidad única. Su extraordinaria trayectoria le había colocado en un lugar preferente. Todo se jugó en 90 minutos. Lo que sucedió el 14 de abril por todos es sabido: el conjunto granate empató.